El único retrato original que hay de San Martín

En el tradicional Museo Histórico Nacional de Parque Lezama se guardan devotamente más de 11.000 objetos que representan la historia de nuestro país. Pero hay una minúscula obra que, por su importancia monumental, brilla con una espejada luz propia: el único retrato al daguerrotipo que se conserva del General José de San Martín realizado en París en 1848, dos años antes de su muerte.

La imagen arribó a la antigua casona de San Telmo en el año 1900. En la carta de donación, el último propietario del daguerrotipo, don José Prudencio de Guerrico Maza, expresó que lo cedía con la satisfacción de “contribuir a enriquecer la colección de cuanto se relaciona al Grande Hombre” de la emancipación americana.

Dirigió la nota al primer director que tuvo la institución, Adolfo Pedro Carranza, que había solicitado la pieza unos meses antes. En el catálogo oficial del museo, el retrato quedó registrado como el objeto 1315, titulado sencillamente: “Retrato del General José de San Martín. Medio cuerpo”.

Un invento maravilloso. La historia de la única imagen fotográfica obtenida de nuestro máximo héroe nacional se remonta a 1839, cuando las Academias de Ciencias y la de Bellas Artes de Francia revelaron públicamente los secretos del misterioso “Daguerréotype”, portentoso invento desarrollado por los investigadores franceses Joseph Nicéphore Niépce y Louis-Jacques-Mandé Daguerre.

Esa novedad técnica fue adquirida mediante una fuerte suma de dinero y renta vitalicia por el gobierno del rey Luis Felipe, primero para su libre utilización y, también, para acelerar las mejoras sobre el invento.

Las primeras imágenes causaron pasmo, por su gran fidelidad, primero en los principales círculos de Europa y, poco después, en el mundo entero.

Las vistas urbanas de París eran tan perfectas que la gente se resistía a comprender cómo, de una caja de madera enfocada hacia un motivo, y por la manipulación de ciertos químicos, se podía obtener un fragmento perfecto de la realidad, sin la intervención de las clásicas paletas y pinceles.

El diario alemán Leipziger Stadtanzeiger se indignaba: “El deseo de querer captar los reflejos evanescentes no solamente es imposible, por las investigaciones alemanas realizadas, sino que es ya una blasfemia. Dios creó al hombre a su imagen y ninguna máquina construida por el hombre puede fijar la imagen de Dios. ¿Es posible que Dios hubiera abandonado sus principios eternos y hubiese permitido a un francés en París dar al mundo una invención del diablo?”. Aquella “invención del diablo” era, en realidad, la culminación exitosa de siglos de pequeños avances y descubrimientos realizados por sabios e investigadores en los campos de la física, la óptica y la química.

El daguerrotipo se compone de una placa de cobre, cubierta de plata, que había que pulir hasta dejar como un espejo. Luego se debía sensibilizar con vapores de yodo, formando yoduro de plata sobre la plancha. Y tras exponerla en la cámara –previamente enfocada hacia el asunto a tratar– durante un tiempo determinado, la imagen latente debía revelarse con vapores de mercurio calentado sobre un infiernillo de alcohol.

El mercurio se adhería a las partes del yoduro de plata afectada por la luz. Y la imagen así obtenida se fijaba con hiposulfito sódico y se lavaba con agua destilada. Se lograba así un positivo único, finamente detallado con una superficie delicada, que debía ser protegida por un cristal contra las abrasiones y encapsulada para prevenir la oxidación periférica de sulfuro de plata.

La imagen así obtenida era de difícil visualización pues, según su posición con respecto a la luz, se podía apreciar en positivo, en negativo o sólo como una plancha brillantemente espejada. Hoy, colocada frente a nuestro rostro, podemos ingresar mágicamente al siglo XIX.

A partir de 1840, los daguerrotipos fueron virados con cloruro de oro, mejora introducida por Hippolyte Fizeau, para aumentar el contraste de la imagen y fijar mejor el mercurio a la plata.

El prócer frente a la cámara. Hacia 1848, París era cuna de inventos y sede de ateliers dedicados al “arte del daguerréotype”. Se realizaban 100.000 retratos por año, a un precio promedio de 5 francos, cifra respetable por entonces.

San Martín vivía con su familia en la Rue St. Georges cuando estalló el movimiento revolucionario del 23 al 25 de febrero de 1848 que tumbó a Luis Felipe y dio paso a la Segunda República.

La violencia y anarquía en las calles impresionaron al general, que a los 70 años sufría dolores punzantes de reumatismo, gota, cataratas y otras dolencias de la edad. Fue uno de los motivos que determinaron que el grupo familiar decidiera trasladarse a la apacible Boulogne-sur-Mer.

Una antigua versión indica que fue en ese momento, antes de la partida hacia el norte de Francia, que su hija Mercedes Tomasa San Martín de Balcarce decidió llevar a su padre al estudio de un daguerrotipista para plasmar su figura a través de la fidelidad de aquel sistema.

La investigadora Laura Malosetti Costa menciona como probable autor del retrato al conde Olympe Aguado. Quien haya sido, fue excelente.

El historiador fotográfico Miguel Angel Cuarterolo indica que la decisión de tomarse un retrato tan costoso se vinculaba a una fecha o circunstancia importante en la vida de alguien. San Martín cumplió los 70 ese 25 de febrero. Probablemente, para esta única y última sesión fotográfica, San Martín debió posar con paciencia dentro de una extraña casilla aérea tipo invernadero, construida en madera y con una de sus paredes laterales y parte del techo vidriados, pues los daguerrotipos se tomaban sólo con luz natural, que se filtraba y direccionaba a través de cortinados gruesos y finos, siempre de 10 a 15 horas, para aprovechar la luz cenital. Si observamos la iluminación del retratado, comprobaremos una importante fuente de luz que proviene del lado izquierdo y que modela su rostro.

En esa fecha se le tomaron por lo menos dos daguerrotipos de estudio, ambos en diferentes posiciones, pero en la misma sesión. El primero, donde posa más erguido y con ambos brazos apoyados sobre la silla del estudio, se considera perdido desde el siglo XIX, aunque aun así, hacia fines de 1860, esa imagen fue reproducida por el fotógrafo inglés Robert Bingham, a través de la popular tarjeta de visita o “Carte-de-visite” (mide 9 x 6 cms.). Esta misma imagen fue reproducida luego en “Carte-de-visite” por los fotógrafos de Buenos Aires Adolfo Alexander y Christiano Junior.

El único daguerrotipo sobreviviente es el que se conserva en el Museo Histórico Nacional. Mide 12 centímetros por 10 y está montado en un marco oval de madera oscura con virola metálica y dorada. En el lateral derecho inferior se ven unas sorprendentes huellas dactilares que confirman la extrema delicadeza de este tipo de superficies sensibles.

La imagen se encuentra invertida. Siguiendo precisas instrucciones del daguerrotipista, San Martín se ubica mirando hacia un costado, apoya un brazo sobre la silla y el otro en el interior de la chaqueta, modalidad conocida como “napoleónica”. Son precauciones de inmovilidad, debido a los largos segundos de exposición frente a la cámara.

Iconográficamente, el San Martín viejo comenzó a difundirse de manera popular a partir del año 1867, cuando el correo argentino imprimió el primer sello postal de 15 centavos en color azul, serie que circuló hasta 1873. El primer billete con el retrato de San Martín viejo fue impreso en Londres.

Pero desde el daguerrotipo, un verdadero “espejo con memoria”, nuestro máximo héroe nos interroga sobre los destinos de su amada patria, que el 17 de agosto lo recuerda inmortal.